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Una obra que, al estar lista y a punto de ser firmada, viajó de las
manos del artista, a las manos del artesano, siendo el mismo, y
pasando por la guillotina, para convertirse en una muy distinta. Fue
reducida a pequeños trozos.
Sus partes no son iguales, ni en el mismo orden en el que se pintó.
Fue alterada para una vida nueva.
La desigualdad de sus partes, o el orden de estas, no se sujeta a lo
que el mundo espera, o a lo que antes fue, sino a cómo funcionan las
cosas, para esta obra en particular.
Más o menos, como cuando nosotros estamos en las manos del gran
artista plástico del universo, o el artesano por excelencia, que
disfruta desarmando lo que cumplía con lo establecido; y al final
nos arma de nuevo, nos firma de verdad, y nos pone en un caballete.
Mi desorden es el nuevo orden, y solo podrá ser entendido por
aquellos que han sido rearmados, o han nacido de nuevo, bautizados o
barnizados, para ser preservados para la eternidad.
Porque, no sólo yo creo en Dios, sino que Dios cree en mi.
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